El año 2026 podría marcar un giro profundo en la forma en que interactuamos con la tecnología: la voz se está perfilando como la principal interfaz, por delante de las pantallas. Varias grandes empresas están invirtiendo en IA de voz para convertir el audio en la vía de interacción dominante y, en algunos casos, para preparar dispositivos personales centrados en la conversación.
OpenAI ha reorganizado durante los últimos dos meses varios equipos de ingeniería, producto e investigación con el objetivo de rehacer a fondo sus modelos de voz y avanzar hacia una familia de dispositivos centrados en el audio. La meta no es solo mejorar la experiencia en pantalla, sino sentar las bases para un ecosistema de dispositivos que funcione sin depender de la vista. Se apunta a principios de 2026 como horizonte clave, con un enfoque en conversaciones más naturales y en gestionar interrupciones como lo haría una persona. En este plan, la voz podría llegar a hablar mientras el usuario está hablando, eliminando la rigidez de los turnos y acercándose a una conversación auténtica.
Como parte de ese impulso, OpenAI cuenta con la entrada de Jony Ive en los esfuerzos de hardware, tras la adquisición de la firma io por 6.500 millones de dólares. La visión compartida es reducir la adicción a las pantallas y replantear el producto desde una experiencia de uso más enfocada al audio. Así, OpenAI imagina una familia de dispositivos sin pantalla que funcionen como compañeros, no meras herramientas.
El movimiento de OpenAI se enmarca en una tendencia más amplia. Meta conecta sus gafas Ray-Ban a una matriz de cinco micrófonos para filtrar ruido y convertir la cara en un micrófono direccional; Google experimenta con Audio Overviews para convertir resultados de búsqueda en resúmenes conversacionales; Tesla está integrando el chatbot Grok para gestionar navegación y climatización mediante diálogo natural; y varios proyectos wearables —incluidos el Humane AI Pin y un collar de Friend AI, así como anillos con IA de Sandbar y Eric Migicovsky— apuntan a interfaces siempre disponibles y discretas. La conversación, de paso, se está convirtiendo en una cuestión de contexto y control de datos: ¿quién escucha?, ¿durante cuánto tiempo?, ¿con qué finalidad?
La idea de mover la IA al centro de la experiencia también plantea preguntas éticas y de privacidad. El contexto, la detección de voz y el manejo de grabaciones son decisiones técnicas que impactan directamente en la confianza del usuario. En ese sentido, el objetivo de estas iniciativas no es solo innovar tecnológicamente, sino diseñar experiencias que sean útiles sin resultar intrusivas.
En palabras de The Information y TechCrunch, esta evolución no busca un único aparato, sino una familia de dispositivos que podrían incluir gafas o altavoces inteligentes sin pantalla y que funcionen como “compañeros” más que como simples herramientas. Un compañero de IA de voz debería recordar lo importante, adaptarse a interrupciones y actuar con tacto, manteniendo el control en manos del usuario. Con esa orientación, la voz podría pasar de ser una función a ser una relación cotidiana con la tecnología.
Además de OpenAI, el ecosistema tecnológico está ya trazando este camino hacia la voz como interfaz primaria, con impactos potenciales en productividad, accesibilidad y diseño de productos. Y, aunque la promesa es atractiva, también exige claridad en políticas de datos y una experiencia de usuario que combine rapidez, fiabilidad y respeto por la privacidad.
La cobertura también recuerda que, en el plano regional, existen listados de autonomías en España que abordan distintas realidades locales, desde Andalucía hasta Ceuta y Melilla. Este detalle contextual invita a pensar en cómo la adopción de estas tecnologías podría variar según políticas regionales, talento disponible e inversión local.
En suma, la conversación podría convertirse en la próxima gran interfaz de uso diario. La pregunta es qué precio pagaremos por esa comodidad y cómo se diseña para que el control siga estando realmente en manos del usuario.