La inteligencia artificial está cambiando más que las herramientas de desarrollo: está redefiniendo quién puede usar qué, y cómo se monetiza ese uso. En los últimos meses, Disney y OpenAI cerraron una licencia de tres años para usar más de 200 personajes de Marvel, Pixar, Star Wars y otras franquicias en generadores de contenido. La inversión alcanza 1.000 millones de dólares y abriría un nuevo mercado de licencias para IA. Al mismo tiempo, Disney mantiene una ofensiva legal contra Google por supuestas infracciones de derechos de autor en el entrenamiento y uso de modelos de IA.

El pacto permite usar personajes como Iron Man, Darth Vader, Elsa, Simba y Groot en videos e imágenes creadas a través de Sora y ChatGPT; también cubre elementos como escenarios y vehículos. Disney invertirá 1.000 millones y obtendrá opciones para ampliar su participación en OpenAI. Además, Disney adoptará ChatGPT internamente y utilizará las API de OpenAI para desarrollar herramientas en parques, productos y Disney+, donde incluso podrían reproducirse videos generados con Sora.

Este acuerdo no solo regula licencias, también establece un marco de propiedad intelectual para IA: entrenar modelos con contenido protegido podría requerir acuerdos explícitos y compensaciones. Es un modelo que otros estudios podrían seguir. En paralelo, las licencias permiten a OpenAI impulsar contenidos virales para atraer usuarios de sus modelos de suscripción. Pero la expansión de IA no está exenta de conflictos: otras tecnológicas deben demostrar qué datos utilizan y de dónde provienen; cada imagen o video generado podría dar lugar a litigios sin un marco claro.

Paralelamente, Google presentó Disco, un navegador experimental con IA, que integra GenTabs que pueden convertirse en herramientas interactivas gracias a Gemini. Es una fusión de Chrome con ChatGPT y funciona como un asistente que acompaña la navegación. GenTabs interpretan contexto y historial para crear herramientas personalizadas; se puede usar lenguaje natural para generar GenTabs sin programar. Disco está disponible en macOS por invitación para EE. UU. y no pretende reemplazar a Chrome, sino servir de experimento para moldear el futuro de la navegación.

En un ángulo más cercano a la biotecnología, un equipo de la Universidad de Columbia presentó un chip cerebral de silicio de unos 50 micrómetros de grosor, con decenas de miles de electrodos, que transmite señales cerebrales a algoritmos para decodificar movimiento, percepción e intención. Alimentado de forma inalámbrica, se coloca en el espacio subdural y ya se ha probado en cerdos y primates no humanos. Con más de 60.000 electrodos y la capacidad para grabar hasta 1.024 canales, los investigadores buscan financiación para pruebas en humanos, con potencial para controlar convulsiones, mejorar la comunicación para personas con parálisis o ceguera, y avanzar en la intersección entre IA y neurociencias.

En el terreno de contenidos y audiencia, el documental La era de la divulgación en Prime Video ha batido récords de ventas y alquileres en su primer periodo, dominando las listas pese a críticas mixtas. Dirigido por Dan Farah, presenta entrevistas con 34 personas involucradas en el tema, y señala que grandes potencias mantienen una competencia en torno a tecnologías no humanas. Este fenómeno subraya el apetito del público por contenidos que exploran tecnología y misterios, y cómo las plataformas compiten por capturar la atención en la era de la IA.

La convergencia de estos movimientos —licencias de IP para IA, herramientas de navegación con IA y avances en interfaces cerebro-máquina—pone sobre la mesa preguntas clave para la industria: ¿cómo se regula el uso de contenido protegido en IA? ¿Qué datos se utilizan y con qué permisos? ¿Qué modelos de negocio emergerán cuando la creatividad se acompaña de máquinas y dispositivos? En este nuevo paisaje, las grandes firmas buscan no solo innovar, sino también trazar reglas y mercados que alineen negocio, derechos y tecnología.

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